EUSKAL KAZETARIEN ELKARTEA - KAZETARIEN EUSKAL ELKARGOA

ALBISTEAK //

Subimos a la cima del Everest recordando a Martín Zabaleta hace 40 años... (1)

Expedición vasca en la que Zabaleta logro la cima del Everest en 1980


'Eran las 3,30 de la tarde del miércoles 14 de mayo de 1980 cuando el montañero hernaniarra Martín Zabaleta alcanzaba la cima del Everest (8.848 metros) acompañado por el sherpa Pasang Temba. Lo conseguían 27 años después de que lo hicieran los primeros, el 29 de mayo de 1953: el neozelandés Hillary y el sherpa Tensing... Seis años antes del éxito de Zabaleta, en 1974, en la primera expedición patrocinada por la firma 'Tximist', el alavés Ángel Rosen y el guipuzcoano Felipe Uriarte estuvieron a punto de pisar la cima pero tuvieron que renunciar tras montar su tienda a 8.550 metros, a tan solo 298 de la cumbre... // Los primero es alcanzar el éxito fueron el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tensing Norgay el 29 de mayo de 1953 // Esa cima del Everest sigue siendo el sueño de todos los montañeros, e incluso de los que no lo somos, y, por eso, vamos a intentar escalar la 'diosa madre del mundo', aunque sea de forma imaginaria y dejar para el siguiente número de Kazetariak las hazañas de los alpinistas vascos y otros en aquellos pasados años de los 50 a los 80 del siglo pasado...
 
En el año 1921, primera expedición al Everest

Corría el año 1852 cuando entre los estudiosos de la geología se llegó a la conclusión de que el pico XV de la cordillera del Himalaya podría ser la montaña más alta de nuestro planeta. Desde entonces, la ansiada cima, bautizada en honor a Sir George Everest, coronel, topógrafo y geógrafo galés al servicio de la corona británica y miembro de Royal Society, suscitó los deseos de los más aventureros de grabar su nombre en la historia del alpinismo. De este modo se pondría en marcha en el año 1921, la primera expedición británica en intentar conquistar la indómita cumbre.

Todavía serían necesarias dos tempranas expediciones más, en los años 1922 y 1924, con la desaparición de los montañeros británicos Andrew Irvine y George Mallory en la segunda, para que el hombre acopiara la humildad necesaria para darse cuenta de la gesta que tenía entre manos. Como escribe Kurt Diemberger, alpinista austriaco y única persona viva que tiene en su haber dos primeras ascensiones a montañas de más de 8.000 metros, las de los años 1957 y 1960, y autor de diversos libros, escribía esta frase en el prólogo del espléndido libro En la cima del K-2: 'Un 8.000 es tuyo, sólo cuando has conseguido bajar, porque antes eres tú el que eres suyo' (...)

Nuestra presencia periodística en el éxito vasco de hace 40 años
  

Ángel Ruiz de Azua saca la foto de la primera ducha de Zabaleta tras el éxito


Este periodista colaborador de Kazetariak, junto al genial fotógrafo Ángel Ruiz de Azua, como enviados especiales del diario 'Deia', estuvimos en Katmandu con los expedicionarios vascos y el grupo de sherpas que consiguieron la cima gracias a la escalada definitiva de Martín Zabaleta y el sherpa Pasang Temba. En aquellas fechas publicamos varias crónicas y un suplemento especial que se agotó a las pocas horas de salir a la calle, y al que nos referiremos en el próximo número de Kazetariak.

En aquel año de 1980 se mantenía el reto por el Everest en el hombre y comenzaba el de la mujer con una clara competencia entre naciones y pueblos para plantar una bandera en lo que vino a llamarse el tercer polo y es conocido todavía hoy, en Nepal, como Sagarmatha ('La frente del cielo') y, en el Tíbet, como Chomolungma ('Madre del universo'). En cuarenta años, según los propios sherpas, han cambiado muchas, muchas cosas, 'pero la cima sigue estando a 8.848 metros sobre el nivel del mar' (...)

Tanto Ángel Ruiz de Azúa como yo quedamos impresionados no sólo de la hazaña de aquella expedición vasca sino también de la belleza del Himalaya, soñando desde entonces con llegar un día a la cima de ese Everest que hoy es ya un lugar de afluencia de cientos de montañeros. Vayamos, pues, amigos lectores, a intentar alcanzar la cima como lo hizo Martín Zabaleta en compañía del sherpa Pasang Temba, o como lo han logrado otros muchos. Vamos a recordar, casi a vivir algunas de las muchas dificultades que encuentran los que suben hasta la cima del Everest. Para ello nos serviremos de un precioso documental de 'National Geografic' realizado al cumplirse en el 2003 los cincuenta años de la primera cima lograda por Hillary y Tensing, y hacerlo con la participación y el éxito de dos de sus hijos, en una producción escrita y dirigida por Liesl Clark...    

Lo más importante: formar un buen equipo, el mejor posible

Lo peor de este intento nuestro de ahora, además de los peligros de siempre, es que en el muy largo arriesgado trayecto hasta la cima podemos encontrarnos con cientos de personas, que no tienen ni el cuidado ni la limpieza que vamos a tener nosotros... Como se ha escrito, 'pese a que el Everest hoy está sucio, plagado de cadáveres y de egoístas con sed de gloria, la historia de la montaña mantiene intacta su capacidad de fascinación, y, en cierta forma, su conquista sigue en pie y se regenera casi un siglo después de los primeros intentos'.

Eso sí, tendremos que estar preparados físicamente porque desde un primer momento hay que recorrer muchos kilómetros hasta alcanzar el campamento base, situado junto al pie de la montaña. Y antes que eso habrá que formar un buen equipo, el mejor posible, y acumular miles de dólares para conseguir la participación de los que dedican su vida a la subida de los demás, es decir, los sherpas, famosos por su resistencia física en las montañas. Además, hay que llevar lo más preciso y moderno para lo que nos espera: ropa de abrigo y calzado que abrigue, así como cientos y cientos de kilos en alimentos y utensilios necesarios para andar sobre la nieve y/o el hielo, así como para la escalada, teniendo en cuenta no sólo la temperatura sino también el viento huracanado.

Continúa el enigma de quienes fueron los primeros en la cumbre
 

Mallory e Irvine y uno de los libros que se editaron de su hazaña y misterio


De todo eso lo sabemos ahora pero no lo sabían los primeros montañeros y quizá por eso el hombre tardó mucho más tiempo en alcanzar el techo del mundo que en pisar la luna. La primera cruzada para escalar fue en 1921, fracasando seis expediciones inglesas. En las tres primeras: 1921,1922 y 1924, participó George Mallory, y desapareció en la última con su compañero de cordada, Andrew Irvine, a más de 8.000 metros en la cara noroeste de la montaña. Exactamente fueron vistos a 8.650 metros por última vez. Y aún hoy persiste la duda sobre si consiguieron hacer cumbre, en cuyo caso se habrían adelantado en 29 años al primer ascenso oficial, que llevaron a cabo Edmund Hillary y Tenzing Norgay en 1953. Probablemente por esa duda manifiesta, a partir de esa expedición los que intentaban definitivamente la cumbre portaban banderas u otros objetos, con la idea de dejar constancia precisa de su éxito... Aquella primavera de la ascensión de Mallory e Irvine sólo hubo hielo y roca, factor que lo hacía aún más técnico. Muchos otros alpinistas han reconocido que fueron Mallory e Irvine los que le infundieron el camino de la eterna gloria.
 
Aquel 6 de junio de 1924, cundo George Mallory y Andrew Irvin partieron del Collado Norte del Everest, situado a siete mil metros. Cada uno llevaba doce kilos de peso en la espalda. Hacía buen tiempo. Pronto alcanzaron el que entonces bautizaron como campamento 5 (7.780 metros) y allí Mallory escribió en su diario: 'Ni una pizca de viento aquí arriba: el asunto tiene buen aspecto'. Al día siguiente continuaron a su campo 6 (8.170 metros), campo que abandonaron en la madrugada del 8 de junio para asaltar la cima... Nunca más se supo de ellos hasta que el 1 de mayo de 1999 fue encontrado por alpinistas norteamericanos el cuerpo de Mallory entre la nieve, a 8.300 metros, por lo que continúa el enigma de si alcanzó la cima o no, y si lo hizo con su compañero Irvine. El misterio se vislumbra eterno y sobre ese trágico fin se han escrito cinco biografías, centenares de folios de prensa e incluso un romance.  

Grupo inglés pero triunfo de neozelandés y sherpa: Hillary y Norgay

Si los expedicionarios ingleses fueron los primeros en intentar la ascensión, los suizos se les unieron después, acostumbrados al frio y a sus montañas. No obstante, los primeros en alcanzar oficialmente la cumbre fueron un inglés, Edmund Hillary, y un sherpa, Tenzing Norgay, considerado entonces como el mejor entre los montañeros de aquellas tierras, y que fue entrevistado por nuestro siempre admirado Manu Leguineche unos años antes de la muerte del nepalí: en 1986, entrevista que recogeremos sintetizada próximo número de Kazetariak...
 


Edmund Hillary y Tenzing Norgay sonríen tras la cima


Desde aquel éxito de Hillary y Norgay en el que colocaron en la cima cuatro banderas, durante años se ha mantenido esa costumbre, tal y como lo hizo Martín Zabaleta con la ikurriña. Las cuatro banderas de aquella primera ascensión lo fueron de las Naciones Unida, Reino Unido, Nepal e India, y Hillary rehusó ser fotografiado (también rehusó Zabaleta) e incluso no era partidario de la exhibición de las banderas, y lo hizo porque su admirado John Hunt, laureado brigadier del ejército británico y jefe de la expedición, así se lo había pedido.
 
Los sherpas admiraron siempre a Hillary, 'el padrino del mundo'

En aquellas primeras y muy limitadas ascensiones al Everest (antes solo había dos permisos al año, ahora no hay límite en las concesiones) cientos de porteadores trasportaban pesados fardos durante cientos de kilómetros e incluso lo hacían descalzos. Todo ello cambió cuando Hillary, a raíz de su éxito y reconocimiento mundial, consagró su vida a mejorar la vida y las condiciones de los sherpas, considerados entonces como los habitantes del tercer país más pobre del mundo, donde la mitad de los recién nacidos morían el primero o segundo año de su vida. Gracias a Hillary se construyeron más de treinta escuelas, dos hospitales y doce clínicas. Por eso le pusieron el apodo de 'El padrino del mundo' porque hizo mucho, mucho, por el pueblo sherpa, hasta el punto de que hoy hay cientos de jóvenes con carrera universitaria.

Los sherpas cargaban y cargan hoy con todo tipo de mercancías, imprescindibles para la estancia de la expedición. Un grupo de senderistas camina entre Periche y Loubuje, a más de 5.000 metros de altura, en una penúltima etapa antes de situarse ante el Everest, cumbre que se observa ya especialmente bella. A la izquierda de su vertiente sur, presumen de estampa el Lhotse y el Nuptse, pero el pico más alto del mundo no sólo les saca cientos de metros, sino que su robusta presencia atrae inevitablemente la mirada de miles de personas que acuden todos los años al valle del Khumbu, en el Nepal, para contemplar el techo del planeta tras diez días de caminatas hasta alcanzar los 5.600 metros de altura del Kala Phatar, meta de la ruta y base para nuestro ascenso.

La 'cascada de hielo' y la 'diosa madre' del Everest

Una vez que los sherpas, conocidos como los hombres invisibles, trasladan todo cuanto se necesita para conseguir la cima del Everest y montan, en cada campo establecido, las tiendas de campaña y todas las necesidades vitales, ya frente a la montaña, se encuentra uno con un primer obstáculo muy peligroso: la cascada de hielo, es decir, una traicionera sección en direccion a la cima que exige atravesar un laberíntico camino entre moles de hielo y aterradoras grietas. Los propios sherpas advierten del peligro e incluso piden a los lamas que recen por ellos cuando están frente al mítico pico de Sagarmatha («Diosa madre del mundo»), el eje y sostenimiento sobre el que se articula su mundo. Sin embargo, esas advertencias no son lo suficientemente fuertes como para superar ese afán, ese empeño, esa meta por lograr la cima del Everest. Las palabras de los sherpas son estas: 'Hasta la meta vas sobreviviendo por lugares espantosos, en los que no dejas de pensar que el piso va a ceder y solo si te agarras bien a las cuerdas podrás evitar la muerte' (...)

En la cascada de hielo que hay que atravesar, hay bloques de cinco a seis metros de altura y estás obligado a superar las grietas, y lo más probable es que te encuentres advertido por la misma muerte. Salvar esa distancia se realizaba en un principio con cuerdas. Hoy, además de cuerdas, se hace con puentes improvisados con troncos de árboles o escaleras de aluminio. Y ya desde el comienzo, otro obstáculo es el de aclimatarse a la altura y superar el aire enrarecido. Incluso parece estar demostrado que el cuerpo tarda dos meses en acostumbrarse a ese aire de las pendientes más altas de la montaña.

Subir y bajar, para recuperase del exceso de altura

Donde también hay que tener paciencia es en el campo o campamento base. Allí debe uno recuperarse para hacer frente a una altura aún mayor. La aclimatación se va logrando a medida que se asciende al campamento o campo uno, donde los escaladores pasan una o dos noches, para luego continuar hasta el campo dos. Y después de varios días de descanso subir hasta el campamento tres para pasar al menos una noche. A estas alturas, el talón de Aquiles es la tos insistente ocasionada por el aire enrarecido, lo que psicológicamente te hace polvo y tienes que armarte de paciencia y de constancia. 

Cuando ya creemos que estamos más cerca de la cima, hacemos un descenso de nuevo hasta el campamento base para recuperarnos antes de la subida final a la cumbre, y hacerlo por el cono horizontal, un valle ya formado por el Everest mismo, por la parte occidental del Everest, al que llaman el Valle del Silencio. En todo este macizo, superando, casi todo el, los siete mil metros, suele pegar el sol y cuando pega el sol lo hace a más de treinta grados, lo que convierte el espacio en un gran horno. Allí, los sherpas suelen montar tiendas base, porque no dejan de trabajar y en muchas ocasiones no son ni siquiera reconocidos. Ponemos un ejemplo cualquiera, declaración de cualquier conquistador hoy del Everest: 'Llegué a la cumbre con cinco sherpas', de los que no se dice ni su nombre pese a que el ascenso a la cima ha sido casi siempre un logro de grupo (casi de cuadrilla), incluido los sherpas, y no individual, como nos reconoció una y otra vez Martín Zabaleta cuando le entrevistamos.

Elegir la ruta más sencilla y adecuada

Lo cierto es que 'a la altura en que estamos ?cuentan siempre los que lograron el éxito-, hay que tomar definitivamente la ruta más adecuada, la arista sureste, porque la del oeste es de mayor dificultad técnica y tan peligrosa que, si algo sale mal, se está más lejos de conseguir una ayuda' (...)
 
A 376 kms. por debajo de la Estación Mir (en ruso significa paz) dejamos el campamento dos. Planeamos subir por la arista más fácil y si lo hacemos dos solos es peligroso porque si sale algo mal estamos lejos de cualquier ayuda. Se impone la sensatez: ser conscientes del peso de lo que tenemos que cargar, de todo cuanto de imprevisto nos espera, y la duración de todo eso te intimida... Los primeros alpinistas se enfrentaban a lo totalmente desconocido, pero ahora con la experiencia de los años ya se saben muchas de las dificultades que te esperan, además de tener mejores medios.

La arista o pendiente sureste es la más sencilla. La occidental, calificada de enorme, peligrosa y elegante, se ha escalado en muy pocas ocasiones y de todos los intentos, pero por esta última arista aproximadamente la mitad de los montañeros han perdido la vida. Precisamente Hilary intentó esa cara occidental pero la experiencia fue tan terrible que decidió no volver a intentarlo jamás. Y es que al escoger el camino hay que asegurar las cuerdas y transportar todo el equipo. Las cuerdas miden unos cien metros y hay que asegurarlas con un ancla. Porque si uno se cae, como tenemos aseguradas las cuerdas, el sistema de bloqueo frena la caída.

Ya estamos listos para abordar la cumbre

El jefe de la expedición anuncia: 'Nos dirigimos a 7.200 metros y allí montaremos nuestro próximo campamento'. Y allí, cualquier movimiento supone ya un gran esfuerzo y es necesario asegurar bien las tiendas con anclas muy firmes porque, además del viento, suele haber desprendimiento de rocas.

Ahora si ya estas listo para abordar la cumbre, aunque en muchos casos los fuertes vientos frustran las intenciones y la vida es más importante que la montaña. Como dice un sherpa con experiencia: 'En alguna ocasión tomé la decisión de dejarlo, aunque estaba dolido porque para mí la montaña es un ser vivo capaz de sentir y entender. Y si uno renuncia se enfada con la montaña, a la que dice: vete al infierno, nunca más volveré..., pero siempre vuelves' (...)

Cuando se trata de grandes montañas, una de las cosas más importantes es asegurar la ruta. Hoy en día, uno paga unos setenta y cinco mil euros y tiene ya la ruta prácticamente asegurada por los sherpas. Y aunque sigue siendo alucinante la escalada no es lo mismo que hace cincuenta o cuarenta años, porque hoy no tienes que medir y calcular casi nada, solo hacer caso o cumplir a la rajatabla lo que se te dice. Claro que hay mucho que subir, pero las cuerdas aseguran mucho la subida. Peor es el tener que agacharse para coger aire y poder respirar al mismo tiempo que caminar. Debido a la altitud, el ritmo respiratorio aumenta y cada inspiración es un obligado martirio frente a este aire helado.

El viento huracanado y la gran masa de rocas
  

En todo intento con éxito al Everest hay algo muy gratificante, aunque no sea uno mismo el que logra la cima, sino que sabemos que triunfamos todos juntos, que formamos una piña, unidos por solidaridad y esfuerzo. Y esa fue una de la clave del éxito de la hazaña de Martín Zabaleta y Pasang Temba. Y es que el grupo es el que tiene que superar cada inconveniente, por ejemplo, el viento huracanado, tan fuerte que obliga en ocasiones a echar marcha atrás, en busca del campamento que acababas de dejar. Otro inconveniente grave es que esa gran masa aparentemente inanimada de rocas y de hielo se anima en cualquier momento inesperado y se revuelve y envalentona...

Con el objetivo de llegar a los 7.100 metros uno ya hace frente a todo lo esperado y lo inesperado porque la cima ya está a tiro... de mirada y de deseo. Ya no se nota que estás hecho polvo a pesar de que lleves muchos días trabajando sin descanso. Además, te sienta mal la comida, te deshidratas, y tienes que superar ese castigo, como lo han hecho los mejores escaladores del mundo. Y si no te repones te vuelves tan vulnerable que renuncias a seguir...
  
Los que más aguantan son los sherpas, pese a que sufren igual que los demás. Para un sherpa escalador la montaña es su medio de vida y una lesión puede ser un desastre familiar, se queda sin trabajo. Ellos además de las facultades físicas para llevar todo el material necesario, conocen mejor la montaña y saben perfectamente como hacer frente, por ejemplo, al fuerte viento a más de 100 kms/hora que puede romper y volar las tiendas. Además, para los sherpas, las montañas son sagradas y en algunas viven los dioses, y, para ellos, como nos dijeron, el Everest es la diosa madre del mundo, una diosa que 'si eres puro de pensamiento y trabajas duro, te protegerá, pero si eres arrogante e irrespetuoso se volverá contra ti' (...)

Llega un momento en la expedición que tras un mes o más de aclimatación todos los miembros del equipo creen estar preparados para coronar la cumbre. En las primeras ascensiones, los escaladores tenían que esculpir escalones hasta alcanzar el objetivo. Tenía trampones que se ataban a las botas con tiras y que les permitían sujetarse al terreno nevado. Hoy día tenemos trampones en la punta de las botas que te permiten subir por una pared de hielo, y hay piolets ultraligeros con puntas y muchos dientes que se agarran al mismo hielo. Y es que las tecnologías han cambiado radicalmente: los sistemas de oxígeno mucho más eficaces y mejores botas y mucho más calientes que las de antes, que traspasaban el frio y los pies se congelaban.

Entre el campamento dos y el tres, en caso de accidente, un montañero tendrá que confiar en otro u otros porque van a ser los más próximos en la escalada definitiva. Es la épica y solidaridad del alpinismo, la conocida como hermandad de la cuerda... Y es que vivimos momentos tan peligrosos como el de estar a medio camino de la cara del Lothse (8.501) y allí puede haber una caída de seiscientos metros, y si te resbalas es muy probable que pierdas la vida. Precisamente al ascender por esa cara se pasa al lado de una grieta donde se encuentran numerosos cadáveres...

 
Ocho horas después de abandonar el campamento tres y alcanzar el collado sur, que es el que te pone más a prueba, la sensación que te entra es de miedo porque este es el lugar donde muchos montañeros no han regresado. Fueron unos alemanes los que afirmaron que pasados los ocho mil metros estás en los dominios de la muerte y si cometes un mínimo error a esa altitud, lo pagas muy caro. Son los sherpas los que dicen que 'antes de ir a esa montaña debes pagar tus deudas porque nadie puede garantizarte que vuelvas a casa'.

Nos preparamos (en la arista oeste) para la subida, pero nos fue imposible porque el mal tiempo no nos dio tregua... Y cuando se te viene encima un desprendimiento de un enorme bloque de hielo es como si el mundo se hundiera detrás de ti, un caos total, como un terremoto, todo moviéndose a tu alrededor y no dejas de pensar que el suelo va a ceder... Por todo eso decidimos hacer la subida definitiva por la arista sureste, uniendo también fuerzas y perseguir el objetivo común de todo el equipo.

Los últimos pasos, como lo fueron para Hillary y Tensing, los primeros

Son las cuatro de la mañana y salimos de las tiendas para iniciar el ascenso al collado sur. El éxito depende ahora de una sola cosa: el tiempo, ya que hay que subir un desnivel de 1.350 metros. Seguimos los mismos pasos que siguieron Hillary y Tensing, así como otros muchos. Es cuando el jefe de la expedición determina quienes son los montañeros que están en mejor forma física, los más fuertes, los que mejor se han aclimatado y los que mejor habían rendido en la montaña. En el caso de aquel éxito británico de 1953, el jefe de la expedición eligió antes a dos británicos que fracasaron en el intento y les siguieron los 'reservas', Hillary y Tensing, que fueron los primeros del éxito.  

Nosotros salimos con un grupo de sherpas, pasamos una noche a la expectativa y a la mañana siguiente emprendimos la caminata final. Notamos la hipoxia o falta de oxígeno, que hace que uno no pueda pensar con claridad y caminar subiendo a esa altitud es como hacerlo a cámara muy lenta, das dos, tres, cuatro pasos y te paras para apoyarte en el piolet y respiras con gran dificultad con el regulador de la botella de oxígeno... Menos mal que gran parte de este último trayecto nos acompañaban los sherpas experimentados, tanto que a medida que íbamos abriendo camino nos dábamos cuenta de que nos seguían otras tres expediciones: 'Mirabas para atrás y veías una fila de 30 a 40 personas siguiéndonos'. Desde luego, esta invasión y colas no ocurría en los primeros años de éxitos, como en el que subió Zabaleta con su extraordinario y experto equipo, entre otras cosas porque estaban muy limitados los permisos, durante años solo dos.

  

Por fin llegamos a la cima sur y entonces vimos y pisamos la verdadera cumbre del Everest. La habíamos visto solo en postales y habíamos leído con mucho gusto sobre ella en libros y declaraciones como la de aquellos primeros vascos en alcanzar la cima. Recuerdo lo que contaba el hijo de Hillary al estar a esta altura: 'Es como un sueño, se me llenaron los ojos de lágrimas frente a una vista que te da escalofríos mirar, es como el filo de un cuchillo de esos de sierra, y no puedes ir por el filo, tienes que elegir una de las dos caras y todo el mundo pasa por la vertiente nepalesa'.

Es un sitio muy peligroso, muy expuesto, uno de esos lugares que como cometas un error sabes que vas a morir. Para subir, nos valemos de una cierta seguridad: unas cuerdas fijas para subir al pico. Ante ti se alza un impresionante afloramiento rocoso que se llama ya el 'escalón Hillary', un Hillary que entonces no contó (tampoco el sherpa Tensing) con este tipo de seguridad, ellos iban haciendo sus propios escalones, iban atados con una cuerda y cuando llegaron al escalón que hoy lleva el nombre del neozelandés, Tensing aseguró físicamente a su compañero mientras subía. Hoy, un grupo de sherpas ha subido y ha colocado cuerdas fijas, así que es una situación muy diferente, ni siquiera la mitad de peligrosa.

Detrás de nuestro grupo hay cuarenta escaladores, son demasiadas personas subiendo por la misma cuerda fija y temes quedarte atascado porque todos los de abajo van tirando de la cuerda y los de arriba no podíamos movernos. Y es que la gente hoy lo que quiere es seguridad y si es posible tener un ascensor hasta la cumbre, y más cuando estás a treinta metros en vertical entre ellos y la cima. El llegar el primero o el seguro del grupo es una tontería, sobre todo si se escala por pasión y no para competir, y más cuando para subir uno depende de otro u otros. Ya en la cumbre echas a llorar y después de dar las gracias a todos, exclamas: ¡magnifico, es algo magnífico, sublime!... Y te emocionas porque el sitio y el logro invitan a ello...

Allí debía haber unas cincuenta personas en la cima, así que era un panorama internacional que nada tenía que ver con aquel éxito vasco de 1980, y mucho menos con el de 1953... Finalizamos como lo hace el genial documental de National Geografic: 'Aquellos que han estado de pie en el punto más alto del planeta vuelven a la normalidad de la tierra con una sabiduría ganada a pulso; durante breves instantes han podido sentir lo que debió de ser para los dos hombres que llegaron primero, y que lo resumen unas palabras del hijo de Hillary: 'Mi padre siempre se dirigió a la montaña no como un soldado que aborda a un enemigo ni como un conquistador sino más bien como un niño que se sienta en el regazo de su madre, y nunca subió, las veces que lo hizo, imponiendo su voluntad sobre esta montaña, sino que se acercó a ella con comisión y amor, y por eso triunfó'...

Y las palabras del hijo del sherpa Tensing fueron estas: 'Siento no haber podido agradecer a mi padre sus enseñanzas y, en mi caso, al conseguir la cima, estaba muy feliz y por eso a la diosa madre le dije: mira esta mi primera visita y la última, no pienso volver, pero de todos modos te agradezco que hayas velado por nosotros y que nos hayas dejado reposar en tu regazo' (...)

Juan Ignacio Lorente Zugaza fue el más veterano y jefe de aquella primera expedición de éxito vasca, en la que Martín Zabaleta y el sherpa Pasang Temba alcanzaron la cima del Éverest hace cuarenta años, y entonces Lorente nos dio una lección: 'Me hubiera encantado lograr la cumbre, pero Martín Zabaleta era, según mi criterio, el hombre ideal para subir, por sus condiciones y su humanidad'. De todo ello y más podrá leerse en la próxima revista de Kazetariak. Para entonces ¡feliz verano a todos!...
                       




José Manuel Alonso