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ALBISTEAK //

Miedo

Puede que muchas personas sean insensibles al dolor de unas víctimas lejanas o ajenas, o no alcancen a medir los perjuicios que amenazan a la sociedad a la que pertenecen. Pero, a poca información que haya recibido, nadie, por egoísta que sea, dejará de sentir el escalofrío de la amenaza. Esto mismo le puede suceder a él, a los suyos. Donde creíamos vivir razonablemente seguros surge la sensación de que fallan las barreras protectoras, de que el mal adopta cada día nuevas formas y de que vivimos en un equilibrio cada vez más precario, que cualquiera puede alterar sin gran dificultad.

Somos frágiles, no cabe duda. Poco podemos hacer frente al ataque de un hacker que se apropie de nuestras contraseñas bancarias o de un químico sin escrúpulos que fabrique armas con medios caseros. La ilusión de avanzar hacia un mundo más seguro queda empañada por la evidencia de riesgos imprevisibles derivados de los mismos recursos que hacen nuestra vida más confortable. Estamos permanentemente conectados a pantallas, dispositivos, consolas y artilugios de toda clase que nos exponen a la intemperie, en un grado de vulnerabilidad absoluto contra el que poco pueden hacer los antivirus.

Una cosa es el miedo que acomete a quien de repente se ve ante una situación de peligro inesperada o un dolor que estaba fuera de sus cálculos, y otra muy diferente, el miedo que se recrea en los males al acecho y construye estilos de vida y de pensamientos basados en la desconfianza hacia todo lo que le rodea.

Las redes  que nos exponen a amenazas son las mismas que nos ayudan a prestarnos ayuda en situaciones  de urgencia, a salvar vidas y a facilitarnos recursos para la solución de problemas graves en las personas. Los usos destructivos de la ciencia son poca cosa si se los compara con la ventajas obtenidas en materia de salud, bienestar, y prosperidad. Es cierto que nada de eso tranquiliza cuando sus mentes fanáticas deciden orientarlo a fines destructivos.

Para matar no hacen falta complejas tecnologías ni medios sofisticados. Lo que deberíamos preguntarnos entonces es si merece la pena vivir en el miedo, por muy justificado que sea.


Montxo Urraburu