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ALBISTEAK //

Recuerdos del genial 'escritor obrero' Juan Marsé

'Juan Marsé nunca ha dejado de seducirme, ilustrarme, fecundarme y entretenerme...  Marsé tiene un pequeño y fascinante mundo propio, lleno de verdad, de crueldad y de piedad, perfectamente acotado y mamado hasta la hez (...) Marsé, como en Conrad (1857-1924), el mundo se describe preferentemente a través de los sentidos, y no sólo del intelecto. Así debe ser: a la sensibilidad desde la sensibilidad' (Fernando Sánchez Dragó)


Desde 1960, grandes éxitos y numerosos premios

Juan Masé, extraordinario novelista, nacido en Tarragona en 1933, de familia modesta, obrero en un taller de joyería durante muchos años, Premio Cervantes en el 2008 y acaparador de otros muchos premios literarios, falleció el pasado 19 de julio de este sufrido 2020. Perteneció a la Generación de los años 50, concretamente en la denominada Escuela de Barcelona, con Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo, Terenci Moix y Eduardo Mendoza. Desempeñó también trabajos de periodismo y cinematografía, artículos siempre originales y adaptaciones de sus novelas al cine, un cine que amó y aprovechó intelectual y humanamente toda su larga vida. 

Juan Marsé (1933-2010) comenzó con sus numerosos éxitos en 1960 al ser finalista del Premio Biblioteca Breve con su primera novela: 'Encerrados con un solo juguete', y como aún trabajaba en la joyería, se le clasificó cono 'el escritor obrero'. Sus principales obras son: Encerrados con un solo juguete (1960), Esta cara de la luna (1962), Últimas tarde con Teresa (1965), La obscura historia de la prima Montse (1970), Si te dicen que caí (1973), La muchacha de las bragas de oro (1978), Un día volveré (1982), Ronda del Guinardo (1984), Teniente Bravo (1986), Señoras y señores (1988), El amante bilingüe (1990), El embrujo de Shangai (1993) y Rabos de lagartija (2001). Obtuvo los premios Biblioteca Breve, (1965), Premio Internacional de Novela México (1973), Premio Planeta (1978), Premio Ateneo de Sevilla (1990), Premio Nacional de la Crítica en España (1993 y 2000), Premio Europa de Literatura (1994), Juan Rulfo (1997) y Premio Nacional de Narrativa (2001). Y al final de su vida se consideraba un superviviente de una época compleja: la segunda mitad del siglo XX y primeros años del XXI...

La obra que lanzó a la fama a Juan Marsé fue 'Últimas tardes con Teresa' (1965), ganadora del premio Biblioteca Breve. Novela que se desarrolla en un verano barcelonés con turistas y verbenas. El protagonista es Pijoaparte, personaje que ha hecho las delicias de varias generaciones identificadas con su rebeldía y su sueño de alcanzar una vida mejor. Es un charnego o emigrante en Cataluña de clase baja que vive en el Monte Carmelo y aspira a ascender socialmente seduciendo a una chica de la Diagonal de Barcelona: Teresa, joven de la burguesía con conciencia política y fascinada por el joven obrero...

Desde aquella obra y otras que siguieron con éxito permanente, Juan Marsé siempre mantuvo -y lo subrayaba al entrevistarle- 'algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: tener una buena historia que contar y procurar contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a salvaguardar la obra del moho del tiempo'. Y lo declaraba subrayando este compromiso y recomendación: 'Un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria' 


'Nuestra patria: la infancia... y la adolescencia'

Raro es el escritor que no está de acuerdo con aquella frase del poeta de que 'mi patria es la infancia'. Para Juan Marsé, esa patria, además de la infancia es la adolescencia... Y añade: 'No sé quién dijo, creo que fue el italiano Leonardo Sciascia (1921-1989), que lo más importante de nuestra vida pasaba antes de los quince años, y a partir de ahí eres un superviviente... Yo pienso que la infancia y la adolescencia son importantísimas para cualquier persona. Hay unas raíces ahí que explican cantidad de cosas y para un escritor doblemente, porque son los años en los que se va conformando la personalidad, y por lo tanto todo aquello que te ha ocurrido y que tiene que ver con el despertar de la sexualidad, la relación con los padres y con el paisaje, tus primeros amigos..., y todo ello te queda marcado para toda tu vida'. 

Además -le comentamos a Marsé en una entrevista- en tu caso la adolescencia tiene aún más valor porque eres autodidacta... Ante la pregunta, respondió de inmediato: 'Fui autodidacta a pesar mío, pues me hubiera gustado estudiar, haber ido a la universidad y hacer una carrera de letras, leer a los clásicos en su momento... Todo eso lo he tenido que hacer por mi cuenta y desde luego desordenadamente. Habría sido más fácil, quizá, porque lo que no se puede saber es si hubiera sido mejor o peor... Habría tenido otra vida, y habría escrito otras cosas... ¿Eso habría sido mejor? No lo sé... Y hay una cosa indudable en materia de literatura de ficción, y de poesía, o de lo que sea: al final, el instinto es lo que vale. El instinto que te proporciona la energía suficiente para enfrentarte a una historia y desarrollarla narrativamente de una manera convincente. Y esto no sé cómo se enseña' (...) 


'Soy un narrador, no un intelectual, enfrentado a la nefasta televisión'

Juan Marsé siempre ha declarado que no se consideraba un intelectual sino, solamente, un narrador, e incluso, añadía: 'soporto mal que me traten como si fuera intelectual'. Y así lo manifestó en repetidas ocasiones, incluso en el discurso de la entrega del Premio Cervantes: 'Bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces... Y mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procuro tener una buena historia que contar, y procuro contarla bien, es decir, esmerándome en el lenguaje; porque el buen uso de la lengua, en mi caso en castellano, es lo que va a preservar la obra en el tiempo. Es un utillaje del que no puede uno presumir y al que hay que incorporar la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema'. Y añade: 'Eso sí, yo siempre busqué un eco del conflicto entre apariencia y realidad, porque un escritor no es nada sin imaginación, y tampoco sin memoria; y estoy de acuerdo con el milagroso poeta Ezra Pound (1885-1972) cuando dice que la única convicción moral del escritor es el esmero en el trabajo y el cuidado de la lengua en la que escribe' (...)

Y añadía: 'Lo suscribo, pero con la mayor cautela. Porque pienso que muchas cosas que se dicen o escriben [...] deberían a menudo merecer más atención y consideración que la misma lengua en la que se expresan. Actualmente, los medios de comunicación son tan abrumadores y omnipresentes, que se siente uno asediado las veinticuatro horas del día por una información tan apremiante, insidiosa y reiterativa, que casi no da tiempo para la reflexión. La televisión debería contribuir a reconocer y asumir la variedad ideológica y lingüística, y prefiero suponer que en cierta medida lo hace, pero no parece que nadie se pare a pensar en los contenidos ni en su nefasta influencia cultural y educativa. [...] Soy del parecer que más de la mitad de lo que hoy entendemos por cultura popular proviene y se nutre de lo que no merece ser visto ni oído en la televisión' (...)

En uno de sus artículos de hace unos años Juan Marsé se defendía del frecuente ataque por no escribir en catalán: 'Como saben ustedes, soy un catalán que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal. Y, aunque creo que la inmensa mayoría comparte mi opinión, hay sin embargo quién piensa que se trata de una anomalía, un desacuerdo entre lo que soy y represento, y lo que debería haber sido y haber quizá representado. [...] En todo caso [...] nunca he querido representar a nadie más que a mí mismo'. Y añade: 'La dualidad cultural y lingüística de Cataluña, que tanto preocupa, y que en mi opinión nos enriquece a todos, [...] puede que comporte efectivamente un equívoco, un cierto desgarro cultural, pero es una terca y persistente realidad. [...]Debo hacer constar que en casa de mis padres hubo muchos libros en lengua catalana que siempre he respetado y defendido' (...) 


Lección del Quijote y el cine: 'el conflicto entre apariencia y realidad'

En Juan Marsé, según lo cuenta el mismo, ha habido dos claras influencias: el Quijote y el séptimo arte: el cine. 'La primera lectura completa del Quijote fue, por supuesto, una experiencia especial y, siempre que he revisitado el libro, esa impresión germinal ha persistido. En el corazón del caballero chiflado, que no distingue entre apariencia y realidad, anida, como es bien sabido, el germen y el fundamento de la ficción moderna en todas sus variantes. Ese desacuerdo entre apariencia y realidad, que de tantas maneras se manifiesta en el transcurso de nuestras vidas, nada tiene que ver con el glorioso equívoco que propició la locura y forjó la leyenda de don Quijote. Pero son muchas, y todas vigentes, las lecciones que ofrece la obra de Cervantes, y es que las cosas no siempre son lo que parecen (...) Y tan adicto soy a la ficción, que a veces pienso que solamente la parte inventada, la dimensión de lo irreal o imaginado en nuestra obra, será capaz de mantener su estructura y la posible belleza a través del tiempo' (...)

 

Marsé y Fernando Trueba, en el rodaje de 'El embrujo de Shanghái'. 


Esa ficción, añade Juan Marsé, nos la transmitió el cine y sus queridos fantasmas antes del auge y el abuso de la tecnología, 'el cine estableció con la novelística una alianza para intercambiar formas y contenidos, palabras sabias, mitos, una sensibilidad y una estética del gesto, y hasta unos hábitos de comportamiento. Y la novela asumió la impronta decididamente visual de la narrativa cinematográfica'.

En la charlas o entrevistas con Juan Marsé siempre salía relucir ese tema del cine y las películas que representaron muchas vivencias para los niños en los años de la dictadura: 'Teníamos una manera de denominar el cine de entonces: las películas de miedo, las de risa, las de amor, las de guerra... Las de aventuras se podían subdividir en películas de gánster y películas del Oeste. Estaban también las películas de aventuras, las de la selva, apartado que incluía todo las de Tarzán, pero también las de los exploradores... Todo esto lo teníamos clarísimo'. Y Marsé recordaba los cines de barrio o del centro de cada capital, que normalmente proyectaban dos largometrajes, un corto cómico y el pertinente Nodo, aquel que se subtitulaba a sí mismo como el mundo al alcance de los españoles. En la mayoría de los pueblos era distinto: proyección de una sola película y solo los fines de semana... ¡Cuánto disfrutamos y aprendimos con el cine, para el que nos comprometimos en grupo a través del cinefórum!. 


'No me considero periodista, prefiero escapar de la realidad'

Ese entusiasmo por la fantasía y la ficción en Juan Marsé fue, probablemente, la razón que le llevó a ser novelista y no considerarse periodista pese a que, en muchas ocasiones, escribió artículos, tanto en periódicos catalanes como en otros. Y él nos lo explica: 'Yo no me considero un periodista, al menos de lo que yo entiendo por periodismo: escribir sobre hechos de la realidad y la actualidad. Yo soy ante todo un amante incondicional de la fabulación. La actualidad no me interesa para escribir; y el hecho de escribir sobre ella te condiciona y te obliga. Sin embargo, la novela me permite distanciarme de esa actualidad, a la que, pasado el tiempo, puedo triturar hasta convertirla en materia novelesca... Escribir literatura es una forma de escapar de la realidad y de modificarla porque no te acaba de gustar. Uno reinventa la realidad para adecuarla a su gusto. Yo escribo por placer estético y ni siquiera hago sociología (?) Lo que escribo son historias personales o de sueños personales míos, que, cuando los planteas y los pones en el papel, la historia se te va complicando y se te trufa con la sociología, la nostalgia, la política? A mí, me ha gustado siempre estar en medio, ser francotirador. Y no estando condicionado a ninguno puedo disparar contra todos (...) Y no perderé el culo por estar en una lista' (...) 


'Lo jodido para un escritor es el papel en blanco'

Siempre se ha dicho que Juan Marsé nunca quería estar en una lista tan comprometida con la política y otros objetivos como el Premio Nobel, pero estuvo... 'Si, creo que estuve propuesto y no hice nada para conseguirlo, como tampoco lo hizo quien se lo mereció, ejemplo Miguel Delibes, al que siempre admiré (de Delibes se cumple este año los 100 de su nacimiento) y lo leí desde los quince años porque admiraba su dominio del lenguaje, si bien me interesó mucho más su obra posterior, ese esfuerzo conseguido por ponerse al día en lo estilístico, como en Los santos inocentes o en Las ratas... Siempre me pareció un ejemplo de discreción y austeridad, que contrastaba con otros compañeros suyos, bastante campanudos y tal... Pero, dejémoslo ahí' (...)

Pese a su intención de dejarlo ahí, Marsé declaraba en letra pequeña que 'un Nobel como el de Camilo José Cela embauca a los críticos por la retórica, la cháchara y el floripondio'. Y ese sentido crítico lo mantuvo, como hemos visto, con los intelectuales y las personas de éxito. Por ello, recogemos dos frases que siempre recordaremos: (1) 'Sería un error garrafal pensar que el mundo de los intelectuales es angelical. Hay evidencias, roces, choques, y gente que no puede ver a otra ni en pintura'. (2) 'El hombre de éxito, sin negarle los méritos, es una especie de pelele que no resulta atractivo como personaje novelesco' (...) 

Y es que la vida de Juan Marsé fue la novela, sus grandes novelas. La mayoría de indudable éxito. Y él ha sido un personaje que se ha pasado gran parte de sus ochenta y seis años de vida escribiendo y contando con miles de lectores que han disfrutado de su imaginación, sus historias y su literatura.

El personaje, escritor, que conocimos y leímos, fue siempre claro en sus escritos y en sus declaraciones: 'Lo jodido es el papel en blanco y cuando ese papel se llena de texto el resultado probablemente nada tenga que ver con lo que uno pretendía en un principio, así que prefiero trabajar cuando las historias, aunque inventadas, tengan cara y ojos'. Y añade: 'siempre me han gustado los personajes con cierta capacidad imaginativa y que puedan reinventarse un poco esa realidad para descubrir finalmente que les seguirán leyendo, aunque se vean obligados a superar algún fracaso' (...) Y así será, porque la obra de Juan Marsé fue siempre de cara y ojos, de vidas cercanas o lejanas, de hermosos sueños y duras realidades... 


José Manuel Alonso