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ALBISTEAK //

¡Es el mercado, amigo!

Si, como dijo Gary Lineker, el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, en el que juegan 11 contra 11, y que siempre gana Alemania, entonces el capitalismo es un sistema económico y social, que también inventaron los ingleses, en el que juegan la propiedad privada y el mercado, y en el que, hasta el momento, siempre gana Estados Unidos. Y si no que se lo pregunten a los accionistas de Gilead Sciences, el laboratorio que ha desarrollado el remdesivir, el medicamento contra el coronavirus que algunos expertos han elevado a la categoría de elixir milagroso, aunque otros, más numerosos, no creen que vaya a convertirse en la panacea que cure todos los males de la covid-19.

'Y se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar', cantaba Carlos Puebla, el 'trovador de la revolución cubana', en su célebre son Y en eso llegó Fidel. Y ahora, otro comandante, también en jefe, en este caso llamado Donald Trump, ha mandado a 'acaparar', imponiendo su ley y orden en medio de tanta jarana. Y es que el gobierno estadounidense, haciendo uso de prácticas que creíamos extintas, se ha encargado de poner las cosas en su sitio, y ha llegado a un acuerdo con el susodicho laboratorio, curiosamente también norteamericano, para hacerse con todo el suministro mundial de remdesivir durante los próximos meses, unos 500.000 tratamientos. Y la cosa no queda ahí, porque, una vez más, acabamos de enterarnos de que Estados Unidos ha firmado un contrato con la compañía Pfizer para hacerse con 100 millones de dosis de la vacuna contra el covid-19 en la que trabaja este laboratorio, pacto que probablemente se ampliará a un segundo encargo de otros 500 millones de dosis. Pues eso, que quien manda, manda.

Probablemente, la frase que mejor define la situación creada por esta polémica decisión, la pronunció Rodrigo Rato, personaje con una brillantísima carrera en los más selectos hipódromos económicos y financieros mundiales, cuando espetó: '¡Es el mercado, amigo!'. Y aunque no cabe duda de que la sentencia es una paráfrasis dulcifica-da de aquella otra que decía '¡Es la economía, estúpido!, que erróneamente se le atribuye al presidente Clinton, cuando su auténtico autor fue su director de campaña, hay que reconocerle al exvicepresidente del Gobierno, exministro de Economía y exdirector del Fondo Monetario Internacional, que su máxima acierta con precisión de cirujano en el meollo de la cuestión que nos ocupa. El mercado, siempre ha sido y será el mercado, y eso, por mucho que a algunos les duela, no va a cambiar; por lo menos por un tiempo, que a mí se me antoja largo.

Aunque durante las semanas más duras de la primera fase de la pandemia del coronavirus ya se le habían podido ver las orejas al lobo, no son pocos los que siguen creyendo en las buenas intenciones del género humano, convencidos de que, cuando se desarrolle una vacuna, los países que la financien la compartirán sin condiciones, con inmediatez y altruismo, con el resto de la humanidad. No sé si soy ingenuo por formación o escéptico por deformación, pero algo me dice que eso no va a ocurrir exacta-mente así. Al remdesivir me remito; y también a la hidroxicloroquina, tan apreciada por Trump y Bolsonaro; o a la gran batalla por el control de las mascarillas y respira-dores, que se libró meses atrás. Parece que hemos olvidado la selva en la que se convirtió el mercado (¡cielos, otra vez el mercado!) cuando las autoridades de algunos países, curiosamente los mismos de siempre, embargaron las compras de materiales médicos y sanitarios realizadas y pagadas por gobiernos de otras naciones; o bien se enzarzaron en una pugna sin cuartel para hacerse en exclusiva, por el artículo 33, con las escasas existencias mundiales de los mismos. Y lo consiguieron, ya creo que lo lograron, pujando a golpe de talón, con maletines repletos de dólares o, llegado el caso, empleando la disuasión de la fuerza, que, en la guerra, aunque sea contra un virus, todo vale. Y es que ya se sabe: ¡es el mercado, amigo!

Décadas de socialdemocracia, de humanismo cristiano y de paternalismo de estado nos habían hecho creer, sobre todo a los habitantes de este subcontinente que forma la Unión Europea, que -en momentos de desgracia-, practicar la solidaridad con el vecino, dar sustento a los más necesitados, sanar a los enfermos o compartir remedios para aliviar a los que sufren, eran prácticas habituales e incuestionables que, en el mejor de los casos, venían de serie con la condición humana, o, en el menos bueno, eran el resultado de conquistas sociales logradas tras años de lucha y rebeldía. Pero, desgraciadamente, en muy poco tiempo, algunos no hemos tenido más remedio que reconocer que nada de eso era cierto; apenas era un sueño en el que habíamos estado viviendo, o habría que decir soñando, y que se difuminó en el olvido en cuanto amane-ció y apareció en escena una extraordinaria situación, con suficiente carga trágica como para hacer temblar los pilares de la estabilidad social.

Y es que se podría decir que, en momentos críticos, las estructuras sociales y políticas, en las que se organizan las sociedades humanas, sobre todo las de los países más ricos y poderosos, se atrincheran, se repliegan sobre sí mismas y extienden sus escudos protectores, observando con recelo todo lo que queda fuera de sus fronteras. Y, de manera paralela, hacen uso de su arsenal de armas, entre las que el mercado -donde se sienten más fuertes, y en el que los más avispados y solventes se imponen-, sigue sien-do un recurso tan clásico como eficaz. También los seres humanos, a pequeña escala y en nuestros particulares ámbitos, actuamos de un modo similar; y si no que se lo digan a todas aquellas personas que, durante los primeros días del confinamiento, hicieron acopio de las existencias planetarias de papel higiénico, harina y levadura.

Pienso que algo de eso puede explicar la actitud de algunos países del norte de Europa, cuando amenazan con soberbia vetar el Plan Financiero para la Recuperación Económica, o la conducta de algunos gobiernos cuando acaparan toda la producción de un medicamento. Todas ellas son manifestaciones del poder, de la capacidad de influir en el mercado, en ese conjunto de transacciones comerciales que, desde que el mundo es mundo, marcan el devenir humano. Durante estos últimos meses, gobiernos, estados y empresas han conocido el rostro más salvaje de esos mercados, y la vorágine a la que han estado sometidos. Han comprobado que, a pesar del tamaño, recursos y expectativas, siempre hay alguien que puede y puja más; y quien lo hace, se queda con todo.

Ahora, visto lo visto, y cuando todos los ojos y esperanzas están puestos en esa vacuna que ha de permitirnos recuperar el pulso de la vida, y cuando miramos a Reino Unido, China, Alemania, Rusia o Estados Unidos pendientes de la buena nueva, muchos siguen imaginando que vivimos en ese mundo solidario en el que todo se comparte sin coste alguno, y se empeñan en creer que, cualquier día de estos, alguien anunciará el hallazgo e, inmediatamente, beberemos del Santo Grial el agua milagrosa que todo lo cura. Y cuando pase el tiempo, sin que eso ocurra; y cuando las preguntas se queden sin respuestas; y cuando la esperanza se torne en ansiedad, es probable que, una vez más, hasta nuestros oídos llegue la melodía salvaje que, musitando, nos susurrará: ¡es el mercado, amigo!


Mikel Pulgarín, periodista y consultor de comunicación