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ALBISTEAK //

La soledad del corredor de fondo


Dicen los atletas que no hay peor soledad que la del corredor de fondo. El cansancio paralizando las piernas, los pulmones siempre a punto de reventar, el corazón en el límite de la resistencia y en la mente un sólo pensamiento: abandonar. En la carrera no es posible hablar, el esfuerzo no permite gritar. Pero daría igual. En la grada nadie escucha al corredor de fondo. Si alguien fuera capaz de hacerlo oiría una voz desgarrada espetar: '¿aguantar, para qué aguantar?'

La vida es la pista de atletismo más larga que se conoce, aunque a veces también resulte ser la más corta. Con una frialdad despiadada, coloca en sus infinitas calles a un número similar de corredores de fondo, condenados a no menos de cien años de soledad, período en cualquier caso nunca inferior al de la longitud de sus propias existencias. En las gradas, millones de espectadores asisten impávidos al espectáculo de sudor, esfuerzo y gloria. Gloria, sí. Porque la recompensa del título, el premio de ser el mejor, la aspiración a ocupar el primer puesto, son los únicos argumentos capaces de justificar la participación en carrera tan prolongada, las únicas motivaciones con poder suficiente para evitar el abandono, las únicas respuestas posibles al ¿para qué aguantar?

Los corredores de fondo saben que en su pecado encuentran la penitencia. El logro de la gloria, esa aproximación humana a la inmortalidad, exige sufrimiento y soledad. Pagan un precio excesivo por una mercancía de la que, sin embargo, no se pueden alejar. Necesitan sentirse diferentes, correr más que los demás, sudar como nadie la camiseta, aguantar como el que más. Y esos anhelos, esa ansiedad, los enmascaran con el vestido de la responsabilidad.

Responsabilidad, palabra seria, respetable, concienzuda y responsable. Abanderada de la permanente lucha que la razón mantiene con el corazón. Sinónimo de lo comedido, de lo estable. Baluarte de la certeza de que el ser humano no hará una tontería. Maná que permite atravesar el desierto, soplo que en el último momento impide el desfallecimiento, energía que aparece cuando todo parece inerte. Responsabilidad, asesina fratricida de esa irresponsabilidad que segregan las vísceras más calientes. Compañera inseparable de la voluntad, esa tránsfuga de los instintos que un día asentó la cabeza.

Pero cuánta irresponsabilidad oculta la responsabilidad. En sus recovecos se agazapa el miedo a vivir. Tras su follaje crece el gusto por la seguridad que ofrece la esclavitud. Entre sus ramas anida el temor a la estulticia y la risa. Hace invisible el pánico a la pereza. Esconde la falta de imaginación y, sobre todo, disimula las ansias de éxito, de reconocimiento, de inmortalidad.

De esto último sabe mucho el corredor de fondo. Utiliza su soledad como símbolo de sufrimiento, como faro que ha de alumbrar el reconocimiento que el público agolpado en las gradas ha de prestarle. Necesita ser querido, saber que importa a los demás, a la manera del general romano que lavaba sus heridas en el baño de multitudes que rodeaba la soledad de su cuadriga.


El corredor de fondo sabe que no puede abandonar. Y es que está condenado a no menos de cien años de soledad.


Mikel Pulgarín, Periodista y consultor de comunicación