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ALBISTEAK //

El efecto mariposa


A pesar de milenios de civilización judeocristiana, de siglos de control inquisitorial, de décadas de formación del espíritu nacional, de quinquenios de pertinaz psicología conductista, de años de doma de los deseos desenfrenados, de meses de ejercitar la suprema humildad con el prójimo y de días de fustigación en carne propia, a pesar de los pesares, esto no hay quién lo remedie: estamos condenados a la bestialidad. La selva nos llama y nada podemos hacer contra los impulsos que surgen de nuestro Yo más peludo y desenfrenado. Es ley de vida; y de la naturaleza.


Hasta no hace mucho, bastaba con que caducaran los yogures que abastecen al Imperio de Occidente, que las televisiones dejaran de emitir fútbol durante una semana o que los bares realizaran al unísono una parada técnica con el legítimo objetivo de engrasar las copas, para que todo se desmoronara y nuestras pituitarias volvieran a percibir el olor fresco de la carne de todo aquel que osara atravesar los límites de nuestro círculo. Era suficiente con que unos cuantos rajaran algunos neumáticos para que el mundo, nuestro pequeño mundo, cambiara de repente. Unos piquetes cruzaban vehículos y los hipermercados vaciaban sus estanterías. Una voz de amenaza, y las gasolineras se quedaban sin combustible. Un puño crispado, y desaparecían el pescado fresco y las verduras de la faz del mar y de la tierra. Era el efecto mariposa: un pequeño aleteo en la Plaza de Tiananmen tenía repercusiones en el adoquinado de la Plaza Nueva de Bilbao.

Pero eso era antes de que todo cambiara; cuando el mundo aún caminaba hacia el caos con paso firme, constante, inconsciente y predecible. Ahora nada de aquello tiene ya sentido. La mariposa ha sido devorada por el dragón, y el sutil movimiento de sus alas ha sido sustituido por la terrible onda expansiva del fuego abrasador que emana de la fuerza desatada. Ahora todo aquello nos parece lejano, y lo que un día provocaba temor se ha convertido en un juego de niños, en una suerte de pantomima de la cruda y real realidad. Pero lo que no ha cambiado es el poder de la naturaleza sobre el ser humano, esa inercia congénita e invisible capaz de ofrecer resistencia a milenios de ardua y machacona civilización, y también de sacar la bestia que todos llevamos dentro. Una energía que, cuando se desencadena, arrasa racionalidad y cordura, desplaza usos y costumbres, y da pie al surgimiento de una nueva casta: la de los supervivientes.


Y es que cuando oímos el sonido del trueno y los tambores alertando en la jungla, el corazón nos palpita de manera extraña, olvida el ritmo acompasado y se agita en busca de lo salvaje. Cuando el instinto de supervivencia impone su melodía de nada sirve todo lo aprendido en el Conservatorio. Las partituras no tienen validez en este auditorio. Los músicos de carrera, aquellos que más perfeccionaron sus habilidades, los más virtuosos, perecen aplastados por los que tocan de oído, por esos que durante años se doblegaron ante las pajaritas y chaqués. Cuando tocan a rebato, los supervivientes emergen de la oscuridad que hasta entonces les ocultaba, endurecen el gesto, aseguran sus armas y emprenden la marcha conquistadora. Se sienten fuertes porque saben que están preparados para la lucha. Operan en su terreno, en un espacio que durante años parecía haber pertenecido a otros, pero que siempre tuvo en ellos a sus auténticos dueños.

Impávidos, inertes, paralizados en las aceras, aquellos que siempre habían transitado por el centro de las calles observan perplejos la aparición de los nuevos rostros. Los viejos manuales en los que bebieron y comieron no contemplaban la posibilidad de tener que volver a los árboles. ¡Ay de ellos!, están condenados a vivir a raíz de tierra y perecer ante la primera riada que suscite el Diluvio Universal en ciernes.


Como en 'La Peste' de Camus, son muchos los moradores de las alcantarillas que salen a la luz cuando se declara la plaga. No tardan en habituar sus ojos a la claridad del día, a pesar de los años de encierro. Una vez en la superficie, es difícil ganarles la guerra. Los dueños de la calle suelen huir ante su presencia. El dinero no es suficiente para detenerles. Lo quieren todo; imponer su mundo a todo el mundo. Sólo aquellos que son capaces de acompasar con sensatez el ritmo de sus corazones pueden hacerles frente. ¡Ojalá que la mariposa de la cordura vuelva a mover sus alas!



Mikel Pulgarín, Periodista y consultor de comunicación