EUSKAL KAZETARIEN ELKARTEA - KAZETARIEN EUSKAL ELKARGOA

ALBISTEAK //

Famoseo


El renombre, la notoriedad, el hecho de ser conocido por el máximo posible de personas se ha erigido en la vara de medir el éxito. Al tiempo que reclamamos mayor derecho a la intimidad nos desvivimos por salir a  escena. Poco importa el motivo por el que nuestro nombre o nuestro rostro ingresen en la galería de famosos. He aquí, uno de los productos del narcisismo, alimentado por las industrias de la comunicación y los intereses que estas engendran. Elevarse sobre las cabezas de los demás ha sido asimismo uno de los motores de la inspiración artística, del afán de riqueza  y del perfeccionismo en distintas esferas de la vida. No es malo ser popular, siempre que no se convierta en nuestro único empeño.

Todos necesitamos una cierta aprobación social para huir del aislamiento. Hemos asumido el papel de figurantes en un espectáculo donde antes cuenta la audiencia que la satisfacción de lo bien hecho, en un mundo de apariencias en el que gana el que más se deja ver. Y, da lo mismo que esa popularidad se haya ganado marcando goles, cantando boleros o prestándose a participar en algo degradante. Por todo ello, no debe extrañar que los jóvenes se hayan desplazado desde 'los mejores' hacia ' los populares'. Los fabricantes de ilusiones y fantasías ya no encumbran solo a los más guapos o más dotados. Los bobos del anuncio, la pretendida cantante, el desdentado de los chistes malos o el pretendiente a figura. Sus triunfos certifican que cualquiera puede ser famoso.

Entre el vértigo de los logros instantáneos y el culto a lo superficial disfrazado de gloria, una muchedumbre de jóvenes guarda cola para el 'casting' de la nueva fama. Nadie les ha dicho que tal vez la felicidad está más próxima al anonimato, ese paisaje donde uno se mide consigo mismo, fabrica su propia identidad y encauza su futuro ajeno a engañosos cantos de sirena.

No sé si llegamos tarde. Si algunos padres y madres sueñan con ver a sus retoños anunciando refrescos en una pantalla, difícilmente los profesores podrán convencer a sus alumnos del error de esta elección de futuro.

Montxo Urraburu