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ALBISTEAK //

Autismo


2 de abril, Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo.


Para mi hijo Andoni, un ser de otro mundo que todos los días me enseña a vivir en este.

Lo que ahora lees nunca ha sido escrito, al igual que estas palabras que manan desde lo más profundo de mi mente, jamás han sido ni podrán ser pronunciadas. Es tu imaginación de lector o lectora la que ha despertado mi conciencia dormida. Son tus anhelos por conocer historias imposibles los que han abierto senda en el camino que siempre estuvo cerrado. Amigo, amiga, este es mi testimonio. Sed benévolos con él; no tiene más pretensiones que ser lo que nunca podrá ser: las confesiones de una persona con autismo.

'Tiene una mirada que impone', decía entre bromas mi padre al contemplar mis ojos fijos en la nada, vacíos de expresión, en los que la ausencia de interés por el mundo que me rodeaba quedaba oculta tras un velo de aparente y fascinante misterio. Y no tardó mucho en llegar el día en que la chanza y el hechizo por lo arcano dejaron paso al recelo y a la inquietud.

Aprendí a balancearme antes que a andar. El vaivén de los movimientos compulsivos, que con tanta naturalidad yo practicaba, fue celebrado como un alarde de destreza, vigor y agilidad por casi todos, y habrían sido todos los celebrantes si la vecina del piso de abajo no se hubiera convertido en la excepción, aunque en su descargo he de hacer referencia a la negativa influencia que en su ánimo produjo el tan constante como estridente ruido del pie de la cuna, primero, y de las patas del sofá, después, al chocar contra el suelo de madera, provocados ambos por mi pertinaz movimiento.

Mis primeros juegos estuvieron marcados por una extraña e inexplicable afición por lo circular. Rehuí los muñecos, cochecitos y rompecabezas que tanto atraían a otros niños, para recluirme en todo aquello capaz de girar alrededor de su propio eje. No os podéis hacer idea de la morfología de algunos de esos objetos de los que me empeñé en obtener rotaciones que las leyes de la física no consideran viables.

El insomnio llenó mis noches y, mucho me temo, que también las de mis padres. A la imposibilidad de conciliar con cierta rapidez el sueño se unía la necesidad imperiosa de continuar, aún en la oscuridad, con mis 'juegos circulares'. Los rostros de preocupación empezaron a destacar entre los miembros de mi familia, desazón solo superada por la apremiante constatación de ausencia de lenguaje, a una edad en la que otros niños ya provocaban que a sus mayores se les cayera la baba al oír sus primeras incursiones verbales.

Y ocurrió lo que todos temían y nadie quería reconocer. Con la escolarización se hizo palpable que algo no funcionaba. Las diferencias de mi conducta respecto a la de los otros niños quedaron en evidencia. Llamadas de atención de los profesores, consultas de urgencia a psiquiatras y neurólogos, pruebas de descarte de patologías cerebrales, búsqueda de ayuda especializada? El autismo había llegado, había descendido desde la ficción cinematográfica, donde tantas posibilidades de guion ofrecen, y se había introducido en la vida real; en la mía y en la de mi familia.

Mis padres tuvieron que aprender a marchas forzadas que el autismo es un trastorno neurobiológico, de causas aún desconocidas, que afecta de manera generalizada al desarrollo y a las habilidades sociales y de comunicación del individuo. Que es una discapacidad congénita, que nace con la persona, con efectos en la comunicación y la interacción con otros seres, pero también con el mundo. Y allí estaba yo, cual marciano recién aterrizado en el planeta tierra, como ese ser de otro mundo, ese animal de galaxia que nació de una tormenta en el sol de una noche en el penúltimo mes, al que se refiere Silvio Rodríguez en su 'Canción del elegido'.

El final de la niñez y la entrada en la adolescencia fueron especialmente dolorosas para mí. A la desorientación que experimentan todos los púberes del planeta, con independencia de su origen, raza o credo, se unió en mi caso la desazón constante por la ausencia de un lenguaje que me hiciera comprensible para mis padres, familiares, educadores y resto del mundo. Tú, persona que lees esto, no puedes ni tan siquiera imaginar la frustración que se siente cuando nadie te entiende, cuando expresas sentimientos y sensaciones, y nadie, absolutamente nadie, se percata de que estás comunicándote; porque tu voz no articula palabras y los sonidos que emite tu garganta se quedan en meros gritos, en voces primitivas incomprensibles para unos oídos ensordecidos por los excesivos ruidos de la vida moderna.

Y de un modo similar a cuando, sin previo aviso, llega la lluvia, aquellas nubes que parecían inocuas trajeron mis primeros episodios de autolesión; al principio como respuesta al pertinaz insomnio, después como solución al 'corto circuito' que penetraba en mi mente y hacía que no pudiera parar quieto, que nada me consolara, que necesitara saltar, gritar, llorar y buscar desesperadamente algo que mis padres, para su frustración, no podían adivinar. Y a raíz de esos episodios, la medicación con psicofármacos se instaló para siempre en mi vida.

El tiempo pasó y yo fui cumpliendo años. Mi vida continuó con sus altibajos, sus valles y montañas, con sus días nublados y de sol, con sus alegrías y sus tristezas? En fin, mi vida continuó como suele continuar para todos los seres humanos. 'Entonces vuestro hijo es como Rain Man', les interpelaban a mis padres en algunas ocasiones. 'Pues no, para nada', contestaban ellos. Y ante la decepción de sus interlocutores, que ya se las prometían saltando la banca en cualquier casino de las Vegas, mis progenitores no tenían más remedio que desvelar algunos detalles que echaban por tierra tanto glamur. Luego, más tarde, el 'hombre de la lluvia' fue sustituido por The Good Doctor, pero las respuestas siguieron siendo las mismas. Y es que los que me aman siempre me ha querido como soy, y por lo que soy; sin aditivos ni edulcorantes, sin comparaciones odiosas ni amables, lejos de melodramas, caridades casposas y de compasiones estériles; por encima de palabras vacías y más allá de filtros de color para una 'vie en rose'. Me quieren por ser quien soy: un ser humano que, como tú, siente, ríe y llora, se emociona, enfada y alegra; un ser humano que, por todo, y por encima de todo, desea vivir la vida, su vida. Y eso es algo que nadie, nadie, me podrá quitar jamás.

Y después... Bueno, esa es otra historia, o quizá un poco más de la misma. Yo he de concluir aquí esta trasgresión a los principios de la razón. No te olvides de que lo que has leído nunca ha sido escrito. Sin embargo, deja que tu imaginación, tu anhelo de relatos increíbles, te conduzca a donde el entendimiento no llega. Allí siempre será posible lo imposible. Allí me encontrarás en todo mi ser, y te contaré los sueños que teje mi mente, y te mostraré las emociones que los alimentan, y tú me mostrarás esos anhelos tuyos que no llego a entender; y juntos concluiremos que lo que se considera anormal no deja de ser simplemente algo especial, otra manera de ser. Porque quien dijo que el autismo es incomunicación se equivocaba, ¡y de qué manera! Créeme, de eso sé mucho.


Mikel Pulgarín, Periodista y consultor de comunicación