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ALBISTEAK //

Más de lo mismo


Cada día que pasa vemos a muchos de nuestros dirigentes sociales y políticos más torpes en sus decisiones, más incompetentes en la gestión de los asuntos del día, menos capaces no solo de resolver los problemas sino de dar explicaciones de sus actos.

Y nos preguntamos: ¿Quién les asesora? ¿Acaso no tienen cerca a nadie que les de ideas para reflexionar antes de la catástrofe? Paradójicamente, conforme más complicada se hace la realidad a la que el político o cualquier otra persona responsable de la cosa debe enfrentarse, mas ausentes están de los órganos de decisión las personas preparadas en las distintas disciplinas. Cada vez abundan más en el círculo de confianza de los poderosos los asesores de imagen y los expertos en comunicación, todos ellos formando un coro de voces iguales, volcados en blindar al jefe frente a las críticas exteriores. Pocas veces se piensa en el precio de semejante actitud, que repercute directamente en la pérdida de calidad del trabajo.

La lógica dice que cuanto mayor sea la cantidad de talento en el grupo, más ocasiones se le presentarán a quien lo dirige para conseguir los éxitos. ¿Por qué preferir entonces a los menos capacitados? El miedo de los jefes inseguros a ser apartados por otros más capaces que puedan acabar quitándole el puesto, pudiera ser la respuesta. Rodeándose de medianías tienen la certeza, de que el aparecerá como el más brillante, además de garantizarse la lealtad de los torpes. Es una regla de oro que aprenden pronto quienes ingresan en las organizaciones rígidas con la intención de medrar: Hay que complacer al jefe aunque esté equivocado.

De otra parte, quienes han vivido por dentro el funcionamiento de la Administración saben de la feliz trayectoria de algunos altos funcionarios de escasa talla pero con una rara habilidad para no apearse nunca del organigrama, mande quien mande.

Aunque su presencia no aporta grandes resultados, tiene la ventaja de ofrecer la indiferencia del que es capaz de adaptarse a todo sin crear problemas ni plantear exigencias. Pero el motivo principal de esta tendencia tiene que ver con la condición del ser humano a buscar la compañía de personas que le den palmaditas en la espalda, y no la de quienes le pueden llevar la contraria. A todo el mundo le gusta ser elogiado.

De manera que, en la configuración de equipos basados en el autobombo la responsabilidad está compartida tanto por el que elige a los necios como el elegido que se presta gustoso a confundir el asesoramiento con la cosmética. El uno busca la falsa protección que proporcionan los aduladores; el otro, una posición que de otro modo quizá nunca alcanzaría por sus solos meritos.



Montxo Urraburu