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ALBISTEAK //

Necrológicas


Creía yo que los periódicos se empezaban a ojear (¡ojo, ojear de ojo, no de hoja!) por el principio, siguiendo el orden lógico de delante hacia atrás, y me equivoqué. Pensaba que Política y Local eran las secciones con mayor número de asiduos, y erré una vez más. Imaginé que los espacios dedicados a Opinión serían devorados por miradas hambrientas de erudición, y obtuve el más clamoroso de los fracasos. Pero sólo después de presuponer que las páginas de Necrológicas habrían de ser sistemáticamente marginadas por los parcos lectores, sólo entonces supe lo que es sufrir en carne propia la vergüenza de jugar a aprendiz de brujo y morir en el intento.

Afirman algunas encuestas que una mayoría de lectores, de los pocos que aún quedan, se enfrenta en posición de tendido prono al periódico de todos los días. Vamos, que empiezan por el final. Las mismas fuentes aducen que los cada vez menos numerosos compradores habituales de diarios (la mayoría los toman prestados en los bares, siguiendo las recomendaciones de socializar la cultura), no incluyen entre sus motivaciones lectoras los acontecimientos políticos o locales; deportes y televisión, televisión y deportes, son -por este orden- los temas que mayores pasiones despiertan entre el susodicho colectivo, que además persigue con cierta fruición las ofertas de trabajo, los anuncios clasificados, la tira cómica, el crucigrama, el horóscopo y las cartas al Director. ¡Ahí es nada!

Pero si alguna constatación merece unanimidad y aclamación, esa tiene que ver con las esquelas. Podrán eliminar la política y la economía, suprimir la información local, arramblar con las secciones de internacional y sociedad, y no pasará nada. Pero atrévanse a modificar, a recortar las Necrológicas, y la hecatombe comenzará. De hecho, es el único espacio que ha logrado sobrevivir a los sucesivos competidores de la prensa escrita: primero a la radio; luego a la televisión; y ahora a las redes sociales. ¡Todo un superviviente!

El lector que se precie, el genuino, empieza su repaso matinal del periódico por las páginas que encierran lo más luctuoso de la existencia. Cada uno de esos pequeños espacios recuadrados en negro guarda un abanico de posibilidades: un funeral al que asistir, un pésame que dar, una curiosidad satisfecha, un deudor menos o algo que comentar a la hora del café. 'Pues era más joven de lo que yo había pensado'. 'Es que físicamente estaba muy castigado'. '¿Pero no decía que sólo tenía dos hijos? Aquí aparecen tres nombres'. '¿De qué ha muerto? No lo pone, pero te lo puedes imaginar. ¡Con la vida que llevaba!'.

La Necrológica ha evolucionado, ha creado su propio lenguaje. ¿Esquela grande, muy grande?: el difunto era un rico muy rico o un funcionario muy funcionario. ¿Esquela pequeña, muy pequeña?: el quiero y no puedo, tanto en la vida como en la muerte. ¿Esquela mediana, mediana?: del montón. ¿Esquela sin fotografía?: por favor, eso no es serio. El lector, que ha pagado por su periódico o que ha tenido que pelearse por hacerse con él con el compañero de tasca, merece más respeto, información detallada. Y donde esté un retrato, aunque sea de cuando el difunto era un chaval, que se quite la imaginación.

Los consumidores de esquelas se vuelven exigentes. Ya no se conforman con el nombre, edad, estado civil o sexo de quien pasó a mejor vida. El ávido mirón quiere más, mucho más. Desea conocer nuevos datos; como la ficha médica de la persona finada; últimos trabajos conocidos; breve descripción de la vida sexual; copia de la Declaración de la Renta (y Patrimonio si hubiere lugar); credo e ideología; vehículos propios; casas de veraneo; noviazgos conocidos; desavenencias familiares y la última frase pronunciada antes de expirar. Todo muy profesional, ¡cómo debe ser!

En el último año las necrológicas han campado a sus anchas. Su macabra danza se ha escenificado día tras día, mes a mes, por páginas y más páginas. Su rastro se ha extendido hasta más allá de lo tolerable. Estoy convencido de que hasta los más fervientes seguidores de este peculiar espacio en el papel prensa han tenido que experimentar en carne propia el hartazgo por tanta inmolación. Y, además, estoy casi seguro de que muchos de esos lectores han perdido también todo su interés por conocer qué se esconde detrás de esos nombres, de esos rostros impresos en blanco y negro.  Y es que saben la respuesta, o al menos se la imaginan.



Mikel Pulgarín, Periodista y consultor de comunicación