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ALBISTEAK //

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Un día nos damos cuenta de que hace tiempo que no hablamos con un viejo amigo.  Al otro descubrimos entre nuestros papeles el borrador de un trabajo que quedó interrumpido, o una carta recibida a la que no dimos respuesta. Posiblemente unos quedaron abandonados por desidia o aburrimiento, otros porque decayó el interés inicial que nos había llevado a emprenderlos, o también fue la falta de tiempo o de medios, lo que acabó con  la ilusión del primer momento.

El caso es que, unos u otros guardamos asuntos pendientes señalándonos con su dedo acusador. Es cierto que en muchas ocasiones las circunstancias aconsejan romper con una situación o abandonar una actividad que habíamos iniciado. Somos el producto de un tiempo donde rige el principio de usar y tirar y en el que los obstáculos han dejado de ser estimulantes desafíos para convertirse en argumentos para la capitulación. La vida es como un bazar de golosinas en el que se ofrece una larga lista de ofertas para probar.

Un buen amigo, ya fallecido, me decía un día hace años que, por término medio, de cada diez proyectos que iniciamos, seis de ellos no llegaran a buen término. Bien mirado no es una mala proporción. Hay que fijarse, decía, en los cuatro que acaban en éxito y seguir probando sin dejarse abatir por los reveses. Existir es insistir. Los avances individuales o colectivos, pocas veces han sido fruto de un simple impulso inicial. Han necesitado de largo tiempo y empeños constantes. Han conocido problemas, aplazamientos y fracasos. Evidentemente, emprender algo implica un riesgo que deberemos valorar.


Montxo Urraburu