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ALBISTEAK //

Las dos orillas


Ni nací en una rivera del Arauca vibrador, ni mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. ¡Qué le voy a hacer! Mis ojos vieron la luz en una calle gris de un populoso municipio de la Margen Izquierda de la Ría del Nervión, y mi mente añora una niñez forjada entre pedradas y moratones. Los niños de la zona éramos conscientes de la proximidad de una curiosa corriente de agua, a la que todos se referían por su acepción femenina, pero nunca tomamos conciencia activa de nuestra ubicación en una u otra orilla. Con el tiempo supimos de la importancia que los puntos cardinales tienen en el destino de los seres humanos. Pero ya era demasiado tarde, para entonces ya habíamos perdido el Norte.

'La orilla blanca, la orilla negra...', cantaba con su cálida voz la ínclita Joan Báez. Las dos orillas, repetía casi hasta la saciedad el ya desaparecido Julio Anguita. Las huellas que la caprichosa hidrografía va dejando a su paso han conformado históricamente un sedimento más que propicio para las diferencias, ya sean sociales, económicas, ideológicas o religiosas.

La música de los acordeones no siempre ha sonado igual en la 'rive gauche' que en la 'rive droite' de un Sena bohemio, pero también clasista. Los antiguos egipcios enterraban a sus muertos en el límite oeste del Nilo, mientras que los vivos comían el bollo en el este, cuna de sol naciente. La historia no específica en qué margen del Rubicón pronunció César el '¡Alea jacta est!', pero parece evidente que este pequeño detalle tuvo su importancia, y mucho, para un Pompeyo que ni por un cortijo quería coincidir en la misma orilla con el autócrata romano. Caronte, el barquero de los infiernos griego y romano, pasaba a los muertos al otro lado del río Aqueronte a cambio de unas monedas. A buen seguro que no pocos hubieran dado todos los denarios guardados, y aún los por ahorrar, antes que verse obligados a emprender tan curioso viaje a la orilla eterna.

Los ríos han separado pueblos, culturas y naciones. La misma corriente ha sido fuente de riqueza para unos y pozo de miseria para otros. John Ford conoció, como pocos, lo diferentes que pueden llegar a ser dos pedazos de tierra, distanciadas apenas unos metros por una franja de agua. Sólo hay que observar la diversidad de las vidas reflejadas en las múltiples películas en las que el director irlandés tuvo como inspiración este accidente geográfico. Todo cambia en función de la dirección hacia la que mira la cámara. El Río Grande no es igual para los norteamericanos que para los 'espaldas mojadas' mexicanos. Tampoco el Jordán tiene las mismas connotaciones para los habitantes de un lado u otro. Lo mismo ocurre con el Oder, el Tajo, el Moskova o el Río de la Plata.

Hace apenas unas semanas, otra masa de agua ha vuelto a ser protagonista: la que separa la frontera entre España y Marruecos. Imágenes impactantes nos han retrotraído a una realidad que siempre ha estado ahí. Una vez más, las dos orillas se han hecho visibles y han puesto de manifiesto las desigualdades que provocan. Hemos podido observar las vidas tan distintas a las que conducen los diferentes colores de piel; hemos constatado la enorme zanja que separa a unas personas de otras; hemos recordado las cosas que verdaderamente son importantes para los seres humanos; hemos reconocido el miedo y la desesperación en unos rostros exhaustos; y hemos comprobado, una vez más, qué poco se cotiza la dignidad humana.

El río que fluye por la tierra en la que nací también tiene dos orillas, o márgenes, como a algunos siempre nos ha gustado llamarlas. Corre sereno y espacioso hacia su encuentro con el mar. En ese abrazo, tras adquirir un sabor salobre, pierde su masculinidad. Convertido en Ría transita majestuoso entre meandros de serena madurez y desaparece en un horizonte azul que se pierde en un Cantábrico de bravura.

Los que vivimos en su proximidad nunca supimos de la importancia de habitar en una u otra orilla. Para nosotros el agua rebasaba cualquier límite o frontera. La orilla blanca o la orilla negra eran iguales, partes inseparables de una, la única, Ría. Nunca fuimos capaces de imaginar que espacios tan pequeños pudieran engendrar tantas diferencias en el mundo.



Mikel Pulgarín, Periodista y consultor de comunicación