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ALBISTEAK //

Luchar contra los elementos


Se puede luchar contra el turco en un Mediterráneo embravecido, enfrentarse emboscado en la serranía de Ronda a las tropas de Napoleón, lanzar piedras al invasor en los desfiladeros de Covadonga y sobrevivir a los bombardeos de la División Cóndor. Se puede vencer la fuerza de un mar desbocado, coronar la cumbre del Everest y levantar la piedra de 325 kilos. Se pueden hacer muchas cosas, más de las, en apariencia, posibles. Pero lo que no se puede es luchar contra los elementos. Y si no, que se lo pregunten al duque de Medina Sidonia; sí, sí, el de la Armada Invencible.

Felipe II mandó sus navíos a luchar contra el pérfido inglés y se encontró con la tempestad. En aquellos días del año 1588, los responsables del Servicio Meteorológico Nacional no habían contactado aún con la Mitsubishi para adquirir anemómetros, barómetros, higrómetros y otras lindezas técnicas que permitieron, años después, lucirse en los telediarios a los hermanos Medina (consultar wikipedia). El inglés, más habituado a jugar en terreno mojado, observó aquellos nubarrones que se discernían en el horizonte y pensó: '¡Se prepara una buena!'. En cambio, el de Medina Sidonia, que no tenía relación de parentesco conocida con los citados hermanos meteorólogos, interpretó aquellos signos como anuncio de una tormentilla veraniega. Y pasó lo que pasó. Desde entonces la construcción naval no ha levantado cabeza en la península ibérica.

Los elementos han estado presentes en los principales acontecimientos de la historia. Napoleón se encontró con el invierno ruso, igual que le ocurrió años más tarde a Hitler; Hiroito se dió de bruces con la bomba atómica, Kennedy con el desbordamiento del Mekong, Gorvachov con el hambre y el racionamiento del vodka, y los grandes equipos de fútbol con el miedo escénico. Versiones distintas de un mismo fenómeno.

Pero el tiempo no perdona. Los elementos, en el sentido clásico del término, han perdido una parte de su virulencia, esa que tiene que ver con el efecto sorpresa. Casi todo es ya predecible, aunque solo sea con unas horas de antelación. Por lo tanto, la lucha contra ese tipo de elementos parece que toca a su fin, salvo que añadamos a la tradicional lista de los desastres naturales pandemias como la que estamos viviendo. Si obviamos tal circunstancia y no tentamos a la suerte, habremos de reconocer que ahora, otros 'elementos', más peligrosos y ruínes que aquellos de antaño, surgen en el horizonte. ¡Qué Dios nos coja confesados!

Los nuevos 'elementos' son bajos y altos, rubios y morenos, hombres y mujeres. Suelen sentarse en sillas con refuerzos de acero frente a mesas pequeñas de ruda madera, repletas de papeles, se cobijan dentro de una ventanilla o atienden detrás de mostradores de edificios públicos. Ni un cuadro en las paredes, ni una foto sobre los armarios. Visten, con pulcritud austera, trajes y vestidos que salieron hace más de medio siglo de los telares de una empresa catalana. Observan con mirada desconfiada y se les nota la desazón que les produce la relación con otros congéneres. Suelen ser padres de familia frustrados porque sus hijos hacen y dicen todo aquello que ellos más odian. Y alivian sus decepciones provocando las de los demás, tomándose la revancha en la primera ocasión que se les presenta, siempre en carne ajena, en la de pobres víctimas confiadas que no son capaces de interpretar rostros tan herméticos, y que se sienten morir cuando les oyen espetar con crueldad: 'No, no se puede', 'Eso no es posible' o 'Vuelva usted mañana'.

Se les suele encontrar en la fase final de un proceso que ha supuesto ingentes trámites. Aparecen en  la presentación de un proyecto en el que se ha derrochado ilusión. Son visibles a la hora de materializar un trabajo que ha exigido enormes esfuerzos. Toman cuerpo en forma de funcionarios que siempre le ponen una traba más al ciudadano, ya de por sí exhausto; de autoridad que con su rígidez e inflexibilidad aniquila el poco sentido común que reina en el servicio público; de señor o señora de la ventanilla que cuelga el cartel de cerrado justo cuando te va a tocar el turno; de administrativo que te cierra la puerta y te conmina a que vuelvas mañana; de conserje para quien siempre te faltará una poliza; de jefe que disfruta poniendo pegas al trabajo de sus empleados; de colega envidioso que ve la paja en tu ojo y no la viga en el suyo; de compañero de trabajo que argumenta problemas y dificultades pero ninguna solución; o de perezoso que sabotea toda iniciativa que le pueda dejar en evidencia.

Siempre están ahí, vigilantes, junto al botón o la palanca que pone en marcha el proceso de fabricación; en la sala en la que se toma la última decisión; o ante la puerta que abre el acceso al siguiente nivel. Son dueños de la llave del pasa o no pasa, soberanos asbolutos y jueces parciales que dictan sentencia sobre lo que ha de ocurrir en ese momento en el que la suerte está echada y ya no se puede volver atrás. Sus dedos manipulan con destreza y arbitrariedad los dados con los que el destino y la contrariedad quieren jugar contigo. Por eso siempre estarán ahí, a tu lado, expectantes, con esa expresión de repulsión que les ocasiona el roce humano, deseosos de mirarte a la cara para volver a espetarte una y mil veces: 'No, no se puede. Eso es imposible. Vuelva usted mañana'. Lo siento mucho, pero contra esos 'elementos' no se puede luchar.



Mikel Pulgarín, Periodista y consultor de comunicación